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jueves, 5 de enero de 2012

Autoentrevista




Analizo los pros y los contras. Nunca me ha gustado quejarme de las tareas de promoción; no parece decoroso, ni aun creíble, llorar ante nadie por lo arduo de una labor que consiste básicamente en que te hagan fotos y en mantener conversaciones unidireccionales en las que uno habla de sí mismo y de sus cosas como si estas fueran tan sumamente interesantes. Pero he de reconocer que, después de dos semanas de promoción intensa, organizada con cariño y minuciosidad por mi compañero incansable Tomás Heredero, me encuentro agotado. Una sensación parecida a la de una resaca de espanto. No tanto por las preguntas de los entrevistadores, que se movían por lo general entre lo inteligente, lo recurrente y lo lógico, como por la estupidez de mis respuestas. Una respuesta estúpida suele resultar inocua, pero cuando la repites veinticinco veces, tratando de justificar en cada ocasión algo en lo que no estás seguro si creer, uno se acaba viendo abocado a una sensación de absurdo intolerable. Sin embargo, hay que responder. Solo en una ocasión intenté utilizar, ante una pregunta más bien complicada, aquello de “todo está ya en las canciones”. El periodista, que era Víctor Lenore, dijo: “Buen intento, pero...”, y me repitió otra vez la pregunta. No he vuelto a intentar pasarme de listo de esa manera. Sí de otras, pero no de esa.

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