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domingo, 6 de febrero de 2011

Un paseo por La Zona Sucia de la mano de Miguel Barrero



Leemos en el blog de Miguel Barrero la siguiente entrada:

No es que sea íntimo de Nacho Vegas, pero sí mantenemos una buena relación desde que, en febrero o marzo de 2004 -ya hace siete años, dios mío- nos conocimos con ocasión de una entrevista (un tanto surrealista) que le hice para El Comercio. Desde entonces, hemos venido tratándonos con frecuencia. Vivimos en la misma ciudad, solemos parar por los mismos sitios y tenemos unos cuantos amigos comunes. Eso ayuda.

Siempre le digo -y no es broma- que debe de ser el personaje al que más veces he entrevistado en mi trayectoria profesional. Ahora que no trabajo en ningún sitio, no puedo hacerlo, pero él tuvo la gentileza de pasarme, hace unos días, una copia del máster de La zona sucia, su último disco, que saldrá a la venta el 14 de febrero en el sello Marxophone. Yo, a cambio, he escrito un artículo que pueden leer aquí.


Y ese aquí nos lleva a un agradable paseo por todos y cada uno de los temas de La Zona Sucia. Un paseo que terminará dentro de apenas ocho días (no copiamos la parte introductoria del artículo, que ya sabemos que más de uno está saturado de leer casi las mismas cosas siempre):

Cuando te canses de mí. Se abre La zona sucia con una canción de amor pura, de ésas que tanto escasean en el repertorio de Vegas, en la que el miedo al final de una relación que se supone idílica termina por cuestionar esa misma relación. Melodía ágil, un texto cuya sentimentalidad aparece oportunamente matizada por unas leves dosis de cinismo y estribillo sencillo y pegadizo, al estilo de las canciones de amor de toda la vida, para inaugurar un álbum en el que, aunque todo siga igual, da la sensación de que todo es distinto.

La gran broma final. Una canción poderosa bien conocida ya por sus seguidores desde que Vegas decidiese abrir con ella los conciertos del último tramo de la gira de El manifiesto desastre. La letra conoció varias versiones desde su primera aparición pública hasta ahora, principalmente para no ofender a determinadas partes implicadas en lo que en ella se cuenta. Descarnada crónica de una ruptura sentimental (ponga el lector los nombres propios, no resulta muy difícil) con arreglos in crescendo y una voz que se amolda a la perfección a las necesidades dramáticas de cada verso. Una de esas piezas llamadas a instalarse entre los grandes clásicos de su autor, en la línea de El ángel Simón, Gang-bang, El hombre que casi conoció a Michi Panero o Dry Martini S. A.

Incendios. Balada de hechura tristona y final socarrón, en la que la sombra del antiguo amante se proyecta sobre el presente para impregnarlo todo e inundar de celos retrospectivos el subconsciente del protagonista. Tan delicada que por momentos casi parece una canción de cuna. Y no es un reproche.

Reloj sin manecillas. De no convivir en el tracklist de La zona sucia con la rotunda La gran broma final, Reloj sin manecillas sería el single indiscutible del disco. Un tema breve –tratándose de Vegas, casi habría que escribir hiperbreve–, de poco más de dos minutos y dotado de una melodía tan pegadiza que cuesta sacársela de la cabeza. Un canto abierto al optimismo inédito en su trayectoria y que casi puede considerarse un pequeño himno a la redención.

Taberneros. En un periodo de descanso en el occidente asturiano, Vegas escuchó una canción tradicional de la zona de Llanes que decidió aprovechar para el repertorio del que iba a ser el segundo disco de Lucas 15 –el grupo paralelo que formó con Xel Pereda, Manu Molina, Luis Rodríguez y Chus Naves y que se dedica a reelaborar el repertorio popular de Asturias en clave de rock–. Sin embargo, el retraso en la preparación de aquel trabajo –que, a día de hoy, sigue siendo sólo un proyecto– hizo que el cantautor decidiera utilizarlo en La zona sucia. Añadió estrofas a la letra original, cambió cosas, rehízo su sentido y llamó a Alicia y Mar Álvarez, componentes de Pauline en la Playa y compañeras de viaje desde los años del Xixón Sound, para dar forma definitiva a una de las grandes joyas de este nuevo elepé: el tema más largo del disco, con versos bellísimos y alusiones («Dime, ¿pensarás solamente un poco en mí /cuando mires el Mondúber?») que remiten a El manifiesto desastre y constituyen una pieza más en ese rompecabezas autobiográfico que es la discografía de Vegas.

Perplejidad. Otra vieja conocida de sus fans merced a su incorporación desde hace ya un tiempo en el repertorio de los conciertos de Vegas. Conocida popularmente como Hermosas catedrales, en la pieza Vegas vuelve a hacer uso de esa ironía que preside algunos de sus textos más conocidos para referirse, otra vez, a los recovecos de las relaciones de pareja. Las voces infantiles –que serían una novedad sorprendente si no las hubiese ensayado ya en El hombre que casi conoció a Michi Panero– contribuyen a restar trascendencia a una letra que, pese a las apariencias, trata asuntos importantes.

La comedia humana. Otra vez el amor, pero tratado esta vez desde una perspectiva existencialista, con la asunción de un presente estancado entre un pasado que parece mejor y un futuro que se desea halagüeño. El tema, que tiene un regusto a songwriter norteamericano de los buenos tiempos, con arreglos sencillos y alguna que otra floritura vocal, vuelve a otorgar protagonismo a esas parábolas por las que Vegas siempre ha mostrado especial predilección.

Lo que comen las brujas. A ratos tiene aire de canción tradicional (sin duda por las repeticiones y los giros retóricos de la letra) y a ratos parece una pieza destinada al público infantil (en buena medida, gracias a las alocuciones de las niñas que, otra vez, vuelven a poner contrapunto a un dramatismo atenuado por la ironía). Lo cierto es que la canción es una de las más pegadizas del disco. También de las más memorables. El pasaje en que la niña pregunta a su madre qué es lo que comen las brujas pasa a formar parte de lo más inspirado del corpus literario de Vegas.

Cosas que no hay que contar. Los que hasta ahora hayan echado en falta la vertiente más depresiva del cantautor se sentirán de enhorabuena al llegar a estas alturas del disco. Por más que en algunos tramos los arreglos y los coros intenten desdramatizar la cosa, posiblemente éste sea, junto con La gran broma final y Taberneros, el tema más desgarrado del disco, centrado, como su propio título indica, en esos asuntos de pareja que vale más que sus miembros no ventilen, por si las moscas.

El Mercado de Sonora. Un simple vistazo a la Wikipedia nos informa de que el Mercado de Sonora, llamado anteriormente Mercado de los Brujos o Mercado de los Animales, es uno de los mercados más conocidos de México DF, caracterizado por la magia y el esoterismo y la venta de productos relacionados con la Santa Muerte o San Judas Tadeo. A este lugar, tan enigmático como fascinante, dedica Nacho Vegas el último tema del disco, seguramente la pieza más oscura, en la que el cantautor advierte de la escasa conveniencia que entraña el pasar por ese lugar a no ser que uno vaya con las ideas muy claras, expresado todo ello con una sonoridad que recuerda, desde el rock, los momentos más lúgubres –o más graves, o ambas cosas– del repertorio del cantautor. Carne de directo.

1 comentarios:

Anónimo 6 de febrero de 2011, 12:28  

Joder qué ganas de tener ya el disco...

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